Cuando muere ¡una berraca, siempre deja una semilla!!!
Cuando muere ¡una berraca, siempre deja una semilla!!!
Hoy
nos reunimos para honrar la vida de la mujer que fue madre y padre para nosotros
(como a muchas les ha tocado y les toca injustamente), guía, refugio y fuerza
inquebrantable.
Una mujer que, como tantas en silencio, cargó
sobre sus hombros dolores y responsabilidades que superaban sus fuerzas y aun
así logró sembrar amor, esperanza y futuro en muchas personas que hoy lamentamos
su partida, vida en las que sembró la semilla de la fe. ¡Una berraca!, como ella
misma se decía. Al igual que nuestra abuela Tomasa se ganó la vida con una
maquina tipo Singer (marca Linda, en la que yo jugaba como si fuera un carro),
ella hizo lo propio con la máquina Olivetti y los audífonos de operadora
telefónica.
Su
vida estuvo marcada por luchas profundas, incluso por el dolor inconcebible de
perder a una hija en plena adolescencia. Y, sin embargo, jamás dejó de
entregarse a Dios, quien le ayudó a caminar con valentía, para darnos lo mejor
de sí, incluso cuando sus fuerzas ya parecían agotadas.
Hoy, renacen
en nosotros todos los sentimientos que sembró desde nuestra niñez.
Afloran
los recuerdos de sus sacrificios, de su empeño incansable por abrirnos caminos
y regalarnos oportunidades de vida a costa de su propia vida. Y junto a esos
recuerdos, brota también la gratitud de todas las personas que, de una u otra
manera, fueron tocadas por su paso vital por esta tierra.
Cada
desvelo suyo, cada noche de vigilia junto a nuestra cama, cada comida
preparada, cobra ahora un significado espiritual, más profundo cada día.
En
nuestra propia vida, en cada esfuerzo que hacemos, reconocemos su ejemplo. Y
entendemos que su amor y su coraje, fue —y seguirá siendo— la raíz de todo lo
que somos y seremos.
Pero
no solo vuelve el dolor de la ausencia: también regresan, con más fuerza que
nunca, los momentos hermosos que compartimos. Los paseos en playas cordobesas,
las jugadas de parqués de los domingos, las tardes en las que nos alegrábamos
con su música favorita: los porros sabaneros y su movimiento de hombros, la voz
inconfundible de Rocío, las canciones de Juan Gabriel y la salsa eterna de
Celia.
Y también
de los sabores que nunca podremos siquiera olfatear sin sentirla en nuestro ser:
el mote de ñame, el arroz con coco como el de la abuela, platos que llevan en
sí mismos su esencia, su historia y la herencia viva de su cultura.
A sus cuidadores
(Xiomara y Don Alberto, al igual que Paola) un agradecimiento eterno que no se
puede pagar, pues pusieron no solo su tiempo sino ,sus sentimientos y su vida.
A tantos
familiares y amigos en lugares y épocas tan diversas, un millón de gracias por
darle tanto amor como el que ella ofreció sin esperar nada a cambio.
Que
estas palabras desde el fondo de nuestros corazones, sea parte de un sencillo e
insuficiente homenaje a su memoria
y un recordatorio eterno del amor que nos deja.
Sabemos con certeza (por estar al lado de su
lecho de muerte) que partió en los mismos brazos del Señor recitando el salmo
favorito de la abuela, el salmo 23:
El Señor es mi pastor; nada me faltará.
En lugares de delicados pastos me hará descansar;
junto a aguas de reposo me pastoreará.
Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre.
Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno,
porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento.
Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando.
Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida,
y en la casa de mi Dios moraré por largos días.
Con profundo amor y gratitud
Jennifer y Amilkar
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